Mi primera lectura beta comenzó con un manuscrito que, desde sus primeras páginas, dejaba claro que no iba a ser una historia sencilla.
Astarté, La Tierra del Señor, de Pablo José Cernada, me llevó hasta un mundo de mitos, leyendas, dioses y pueblos antiguos, pero también hasta una historia profundamente marcada por algo tan humano como el miedo, la supervivencia y el amor de una madre.
Y ahí estaba ella: Astarté.
♎ Una madre huyendo.
Astarté está embarazada cuando comienza su huida.
No huye solamente por ella. Lo hace porque lleva dentro a su hijo y sabe que tiene que protegerlo. El miedo, la necesidad de sobrevivir y ese instinto de una madre por poner a salvo a su criatura se convierten en el motor de buena parte de su viaje.
Cruza el mar intentando escapar de aquello que la persigue y termina llegando a Tartessos, un lugar que está muy lejos de ser el refugio que quizá esperaba encontrar.
Porque Tartessos es un reino enfermo.
Un lugar atrapado en una situación extraña y oscura, donde nadie puede morir y donde las antiguas historias, los mitos y las leyendas parecen cobrar vida alrededor de quienes habitan estas tierras.
Y Astarté, que ya llega cargada con su propia historia, tendrá que enfrentarse también a todo lo que encuentra allí.
♎ Un viaje entre mitos y leyendas.
Una de las cosas que más me llamó la atención durante la lectura fue precisamente ese viaje.
Astarté va recorriendo diferentes lugares y encontrándose con personajes que van dando forma a este mundo: Lixes, Gadeiros, Argantonio, Heracles...
Cada uno aporta una pieza diferente a una historia en la que la mitología, la historia y la ficción se mezclan constantemente.
Pero no fue solo el mundo lo que me hizo seguir leyendo.
Fueron también las personas que lo habitaban.
Personajes con sus propios intereses, sus conflictos, sus secretos y sus maneras de enfrentarse a aquello que estaba ocurriendo.
Y entre todos ellos, Astarté seguía siendo el centro de mi mirada.
Porque, independientemente de todo lo que sucedía a su alrededor, yo no podía olvidarme de algo: ella llevaba una vida dentro.
♎ Cuando una historia habla también de esperanza.
Hay momentos en los que el manuscrito se vuelve oscuro, aparecen el sacrificio, el dolor y la lucha por sobrevivir, pero también existe una sensación constante de que algo está a punto de cambiar.
Y esa sensación cobra todo su sentido al llegar al final.
Después de todo lo que ha atravesado, Astarté consigue sobrevivir.
Y entonces llega una tormenta.
En medio de ella, Astarté da a luz.
Es un niño.
Baal.
Y ese nacimiento cambia por completo la sensación con la que había llegado hasta ese momento de la historia.
Aparecen también el becerro negro y la cabra, elementos que terminan de envolver el nacimiento en ese ambiente simbólico y mítico que ha acompañado toda la novela.
Y entonces aparece una de esas frases que, como lectora, me gusta encontrar al final de una historia:
"La era de los antiguos mitos llegaba a su fin."
Y entendí el sentido de todo aquello.
Después de tanta oscuridad, el final no necesitaba otra batalla.
Necesitaba vida.
Necesitaba un nacimiento.
Necesitaba la posibilidad de empezar de nuevo.
♎ Y así terminé mi primera lectura beta.
Cuando cerré el manuscrito de Astarté, no solo había terminado una historia.
Había terminado mi primera lectura beta.
Y quizá por eso le tengo un cariño especial.
Porque fue la primera vez que pude experimentar lo que significa leer una historia que todavía está creciendo y después sentarme a pensar en todo lo que me había provocado.
Astarté me llevó por Tartessos, por sus mitos, sus personajes y sus conflictos.
Pero, sobre todo, me dejó con la imagen de una madre que consigue atravesar la tormenta y traer una nueva vida al mundo.
Y creo que no podría haber imaginado un final más apropiado para aquella historia.
La Tierra del Señor no terminaba.
Renacía.
Podéis leerla aquí: Astarté.




