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30 septiembre

🩸 Hay cosas que solo podemos dar nosotros

     Hay algo bastante curioso en las cifras: 900.000 donaciones de sangre en Aragón durante veinte años puede parecer simplemente un número enorme, pero detrás de cada una hay una persona que un día decidió sentarse, extender el brazo y dedicar unos minutos a algo que probablemente nunca sabrá cómo terminó.





    El Banco de Sangre y Tejidos de Aragón acaba de cumplir 20 años y lo hace con cerca de 900.000 donaciones acumuladas desde que abrió sus puertas en septiembre de 2006. Actualmente cuenta con unos 28.000 donantes habituales y gestiona alrededor de 200 unidades de sangre cada día. Solo en 2025 superó las 44.000 donaciones.

    Y hay una frase que resume perfectamente todo esto: la sangre no se puede fabricar.

    Podemos fabricar prótesis, desarrollar medicamentos, crear tecnología capaz de hacer cosas que hace unos años parecían imposibles… pero cuando un hospital necesita sangre para una intervención, una transfusión o determinados tratamientos, sigue dependiendo de que otra persona haya decidido donar.

Y ahí está lo que más me llama la atención.

    Quien dona normalmente no sabe quién recibirá su sangre. No conoce su historia, su edad, su familia ni qué le ha llevado hasta un hospital. No hay una relación previa entre esas dos personas.

Solo existe un gesto.

Y, al otro lado, alguien puede necesitarlo.

    Entre los nuevos donantes de este aniversario está Pablo Vela, de 21 años, que realizó su primera donación coincidiendo con los veinte años del Banco de Sangre. Él explica la donación como una forma de ayudar a los demás y de poner en práctica su vocación de servicio.

Pero también están quienes llevan años haciéndolo.

    Personas para las que donar sangre forma parte de su rutina y que quizá han perdido la cuenta de las veces que han pasado por una camilla, han esperado unos minutos y después han vuelto a su vida.

Ahí está lo extraordinario de la solidaridad cuando se convierte en costumbre.

    Porque tendemos a pensar en la solidaridad como algo excepcional: una campaña, una emergencia, una catástrofe, una situación que nos conmueve y nos hace reaccionar.

Pero la sangre necesita justo lo contrario.

Necesita constancia.

    Necesita que haya personas que sigan donando cuando no hay una noticia que nos recuerde que hacen falta donaciones. Cuando no conocemos a nadie que necesite una transfusión. Cuando no tenemos delante una historia que nos emocione.

    El Banco de Sangre realiza colectas durante todo el año, con unidades móviles que recorren Aragón y numerosos puntos de donación. En lo que llevamos de 2026 se han conseguido cerca de 30.000 donaciones, y desde la institución siguen insistiendo en la importancia de incorporar nuevos donantes, especialmente entre las generaciones más jóvenes.

    Y quizá ahí está la parte de esta noticia que más merece que nos paremos.

Una generación nueva tiene que tomar el relevo de otra.

    Porque detrás de esas 900.000 donaciones hay veinte años de personas que han entendido que algo tan sencillo como donar sangre puede formar parte de la vida cotidiana.

No hace falta conocer a quien vas a ayudar.

No hace falta saber su nombre.

    Ni siquiera hace falta llegar a enterarte de que esa bolsa terminó siendo importante para alguien.

    Precisamente ahí está la grandeza del gesto: haces algo bueno sin saber quién estará al otro lado.

🍵 El matcha de hoy.

Hay cosas que podemos comprar.

Hay cosas que podemos fabricar.

Hay cosas que podemos sustituir.

La sangre no.

    Y quizá por eso una cifra como 900.000 donaciones debería hacernos pensar menos en el número y más en las 900.000 veces que alguien decidió dar una parte de sí mismo para que otra persona pudiera recibirla cuando la necesitara.

A veces hablamos muchísimo de grandes gestos y olvidamos que la sociedad también se sostiene con pequeñas decisiones repetidas miles de veces.

Una persona dona.

Otra persona recibe.

Y entre las dos existe algo que probablemente nunca llegarán a conocer.

Una historia compartida sin haberse encontrado jamás. 🩸


📰 La noticia.

Titular: Dos décadas salvando vidas: el Banco de Sangre y Tejidos de Aragón suma cerca de 900.000 donaciones
🗞️ Medio: Aragón Digital

Leer la noticia original en Aragón Digital

La jubilada que salió a caminar y terminó cambiando su barrio.




    A veces las cosas importantes empiezan de una manera bastante poco espectacular.

Sin grandes planes.
Sin una estrategia.
Sin pensar que aquello vaya a convertirse en nada.

    En 2020, Jill Mather estaba jubilada y la pandemia había cambiado todos sus planes. Como tantas otras personas, necesitaba encontrar una nueva rutina y empezó a salir a caminar por su barrio de San Fernando, en California. Sus paseos rondaban los 6,4 kilómetros.

    Pero durante aquellas caminatas empezó a fijarse en algo que estaba por todas partes: la basura que se acumulaba en las calles.

Y en lugar de limitarse a pensar «qué sucio está todo», empezó a recogerla.

    Llevaba bolsas consigo y, mientras caminaba, iba recogiendo botellas, latas y todo tipo de residuos que encontraba por el camino. Al principio estaba sola.

Hasta que decidió preguntar si alguien quería acompañarla.

    Publicó una invitación en Nextdoor y al día siguiente apareció una docena de personas. Limpiaron juntas un parque y después se tomaron un café.

Y de aquella manera tan sencilla nació Volunteers Cleaning Communities.

    Lo que empezó como una caminata individual terminó convirtiéndose en una red de voluntarios que hoy participa en jornadas de limpieza por distintos puntos del Valle de San Fernando. Calles, parques, zonas junto al río Los Ángeles, carriles bici e incluso un tramo de la autopista Ronald Reagan forman parte de los lugares en los que han trabajado.

Y entonces llegamos a esa cifra que cuesta hasta imaginar.

Casi 750.000 libras de basura.

Unos 340.000 kilos de residuos retirados en seis años.

Pero creo que hay algo mucho más interesante que la cifra.

Porque Jill podría haber seguido caminando.

    Podría haber pensado que aquello era responsabilidad del ayuntamiento, de los servicios de limpieza o de cualquier otra persona.

Y tendría razón.

Pero decidió hacer algo diferente: recoger una bolsa más de basura cada día.

Después apareció otra persona.

Y otra.

Y otra.

    Y de repente aquello que hacía una jubilada durante sus paseos se había convertido en una comunidad.

I    ncluso han creado un programa llamado Adopt 1 Street, mediante el que los vecinos pueden hacerse responsables de mantener limpio un determinado tramo de su barrio. La organización proporciona bolsas, pinzas y chalecos para las jornadas de limpieza.

Y hay una parte de esta historia que me gusta especialmente.

Que al final no se trata solamente de basura.

    Los voluntarios empezaron a conocerse, a quedar después de las limpiezas y a crear vínculos. Una de las participantes llegó a describir al grupo como su nueva familia. Incluso una pareja se conoció participando en estas actividades y terminó casándose.

Una caminata.

Una bolsa.

Un puñado de vecinos.

Y una comunidad que decidió cuidar un poquito más el lugar en el que vive.

Quizá por eso esta historia me parece tan bonita.

    Porque estamos acostumbrados a pensar que para cambiar algo hacen falta grandes acciones. Que necesitamos tener mucho tiempo, mucho dinero, muchos recursos o una idea extraordinaria.

Y quizá no.

    Quizá a veces solo necesitamos ver algo que no funciona y decidir que, por pequeño que sea nuestro gesto, vamos a hacer nuestra parte.

Jill Mather salió a caminar.

Y terminó dejando el camino un poquito más limpio 
para todos los que venían detrás. 🌱💜

29 septiembre

🤖 Cuando el futuro empieza a trabajar en Zaragoza.

 Hay noticias que parecen sacadas de una película de ciencia ficción hasta que descubres que están ocurriendo aquí mismo, en Zaragoza.



    Esta semana ha abierto sus puertas en la Plataforma Logística Plaza el Centro de Entrenamiento de Robótica Humanoide de España, un proyecto de la empresa aragonesa Tekio Robotics, del Grupo UB, que se presenta como el primero de este tipo en Europa. Allí ya hay una veintena de robots humanoides entrenándose para aprender tareas concretas y adaptarse a distintos trabajos.

    Y cuando digo entrenándose no hablo de una demostración en la que el robot camina unos metros y saluda.

Están aprendiendo a trabajar.

    Algunos ya pueden realizar tareas como servir bebidas o actuar como recepcionistas de hotel, mientras que el centro también plantea aplicaciones en entornos industriales, logísticos e incluso situaciones peligrosas para las personas, como determinadas intervenciones en zonas catastróficas.

    De hecho, el proyecto ya ha despertado interés empresarial: Tekio Robotics asegura haber recibido más de cien solicitudes de compra y haber cerrado siete contratos con grandes empresas, especialmente relacionadas con la logística. El objetivo es aumentar progresivamente la capacidad del centro hasta poder entrenar miles de robots al año.

    Y aquí es donde la noticia empieza a ponerse realmente interesante.

    Porque una cosa es ver un robot humanoide haciendo una demostración y pensar qué curioso.

    Y otra muy diferente es empezar a preguntarnos qué significa que una máquina pueda aprender una tarea que hasta ahora necesitaba de una persona.

    No creo que la pregunta interesante sea si los robots son buenos o malos. Ni siquiera si algún día sustituirán determinados trabajos. Eso dependerá de cómo avance la tecnología, de las decisiones que tomen las empresas y de cómo se regule su utilización.

La pregunta que a mí me interesa más es otra:

    ¿Qué vamos a hacer nosotros cuando las máquinas sepan hacer cada vez más cosas?

    Porque durante mucho tiempo la tecnología nos ha ayudado a hacer nuestro trabajo más rápido. Una máquina podía levantar más peso, una calculadora podía hacer una operación en segundos o un ordenador podía almacenar una cantidad de información que una persona jamás podría guardar en su cabeza.

Pero un humanoide introduce algo diferente.

    La máquina empieza a moverse en un espacio pensado para nosotros.

    Tiene brazos, piernas, manos. Puede desplazarse por un entorno diseñado para personas y aprender determinadas acciones que nosotros hacemos de manera cotidiana. Y eso cambia bastante la conversación.

    También hay un lado que me parece especialmente interesante: precisamente algunas de sus aplicaciones están pensadas para hacer trabajos pesados o peligrosos, de manera que sea la máquina la que se exponga allí donde hacerlo supone un riesgo para una persona. Ese es uno de los enfoques que defiende la empresa responsable del centro.

    Y entonces quizá el futuro no consista solamente en máquinas sustituyendo personas.

    Quizá también consista en personas dejando de hacer determinadas cosas porque una máquina puede hacerlas sin ponerse en peligro.

    Pero eso nos obliga a pensar en algo más profundo: si las máquinas van a encargarse de una parte cada vez mayor de las tareas físicas o repetitivas, tendremos que decidir qué queremos conservar como exclusivamente humano y qué estamos dispuestos a delegar.

Porque hay cosas que una máquina puede aprender a hacer.

    Puede aprender movimientos. Puede seguir instrucciones. Puede repetir una tarea miles de veces.

    Pero hay algo que me sigue pareciendo mucho más difícil de copiar: todo lo que hacemos cuando no estamos simplemente ejecutando una tarea.

    La conversación con un cliente que necesita que alguien le escuche. La decisión de improvisar porque algo no ha salido como estaba previsto. La capacidad de interpretar un gesto. La empatía. La creatividad. El criterio. La responsabilidad de saber cuándo una situación necesita algo que no estaba escrito en ningún manual.

    Quizá ahí esté una de las grandes preguntas que nos va a dejar esta tecnología.

    No tanto qué pueden llegar a hacer los robots, sino qué queremos seguir haciendo nosotros.

🍵 El matcha de hoy.

    Me hace gracia pensar que mientras seguimos hablando del futuro como si estuviera lejísimos, el futuro acaba de abrir un centro de entrenamiento en Zaragoza.

Hay una veintena de robots aprendiendo.

Personas enseñándoles.

Empresas pensando en qué tareas podrán desempeñar.

    Y una ciudad que, de repente, forma parte de una conversación tecnológica que hace unos años habría parecido completamente imposible.

No sé cómo será el mundo dentro de veinte años.

    No sé qué trabajos habrán cambiado, cuáles habrán desaparecido o cuáles ni siquiera existirán todavía.

    Pero sí creo que vamos a tener que aprender algo que ninguna máquina puede aprender por nosotros: qué clase de futuro queremos construir.

Porque la tecnología puede avanzar muchísimo.

    Pero la decisión de para qué queremos utilizarla sigue siendo nuestra.

    Y quizá ese sea el verdadero trabajo que tenemos por delante. 🤖💜


📰 La noticia.

Titular: Robots que sirven copas o son recepcionistas de hotel: Zaragoza abre el primer centro de Europa que entrena humanoides
🗞️ Medio: Cadena SER Aragón

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La enfermera - Martín Torres

 








Hay novelas que consiguen que 
mires de otra manera un lugar tan cotidiano como un hospital. 
Después de leer La enfermera, 
creo que voy a entrar en uno y mirar a mi
 alrededor un poquito más. 😅





    La historia nos lleva hasta el Hospital Universitario Donostia, donde empiezan a producirse una serie de muertes que, en principio, podrían parecer parte de la propia realidad de un hospital. Hasta que algo empieza a no encajar.

    Y cuando las sospechas aparecen, la historia se convierte en una investigación en la que cada detalle puede tener importancia.

    Martín Torres construye una trama que mezcla misterio, investigación y secretos del pasado, consiguiendo que la tensión vaya creciendo poco a poco. No necesita recurrir constantemente a grandes giros para mantenerte pendiente, porque la sensación de que hay algo que todavía no sabemos está presente durante toda la lectura.

    Uno de los puntos que más me ha gustado es precisamente el ambiente hospitalario. El hospital no es solamente el escenario donde ocurre la historia: termina formando parte de ella. Entre pasillos, pacientes, profesionales sanitarios y situaciones que podrían parecer normales, se va construyendo una historia bastante más oscura de lo que inicialmente podríamos imaginar.

    Y ahí entran Sophie Boussignac y Víctor Viso, dos personajes que tienen mucho peso en la investigación y cuyas propias historias también van aportando piezas al puzle.

    Me ha gustado especialmente cómo la novela va relacionando lo que está ocurriendo en el presente con heridas que vienen de atrás, porque hace que la investigación tenga una dimensión más personal y que los personajes no estén ahí simplemente para resolver un caso.

    También tengo que decir que ha habido momentos en los que necesitaba saber qué estaba pasando y otros en los que me habría gustado que determinadas partes avanzaran un poquito más rápido. De ahí que para mí no haya sido una lectura perfecta, pero sí una novela que me ha entretenido, me ha mantenido pendiente y me ha dejado con ganas de seguir leyendo a Martín Torres.

Y eso, cuando cierro un thriller, ya es bastante buena señal. 😉

Mi valoración: ⭐️⭐️⭐️⭐️

    Una lectura para quienes disfrutan de los misterios ambientados en lugares cotidianos, de las investigaciones que van destapando secretos y de esas historias en las que, cuanto más crees que entiendes lo que está pasando, más preguntas aparecen.

    Porque después de La enfermera, quizá la próxima vez que alguien diga que en un hospital todo parece estar bajo control… 

yo preguntaría dos veces. 🩺👀

28 septiembre

🧓 Hay recuerdos que solo existen si alguien los cuenta.

    En El Burgo de Ebro, un grupo de personas mayores se ha sentado delante de una cámara para hacer algo que, a primera vista, puede parecer muy sencillo: contar sus recuerdos.



    Sus historias, sus experiencias y esas pequeñas anécdotas que forman parte de una vida quedarán recogidas en Batallitas rural, un videopodcast que se estrenará el próximo 23 de octubre. La iniciativa pretende recuperar la memoria de los mayores del municipio, acercar generaciones y también poner el foco en algo que muchas veces queda escondido detrás de las cifras: la soledad que puede aparecer cuando las relaciones sociales se van reduciendo.

    Y mientras leía la noticia pensaba en todas esas historias que probablemente tenemos cerca y que no están escritas en ninguna parte.

    La historia de cómo era un pueblo cuando todavía había otras costumbres. La de aquel trabajo que hoy ya no existe. La de las fiestas de hace cincuenta años. La de cómo se conocieron dos personas. La de aquella vez que ocurrió algo que todavía se recuerda en una familia cada vez que alguien dice una determinada frase.

    Son recuerdos que no aparecen en los libros de historia porque quizá nunca fueron considerados suficientemente importantes como para escribirlos.

Pero también son historia.

    Porque cuando pensamos en la memoria de un lugar solemos imaginar fotografías antiguas, documentos, edificios o archivos. Y nos olvidamos de algo mucho más frágil: las personas que pueden contarnos lo que ocurrió cuando todavía nadie pensaba que algún día querríamos saberlo.

Por eso me parece tan bonita esta iniciativa.

    No pretende convertir a sus protagonistas en personajes de otra época ni mirar sus vidas desde la nostalgia. Lo que hace es darles un espacio para hablar. Para contar cómo han vivido, qué recuerdan y qué cosas consideran importantes de ese camino que han recorrido.

    Y quizá ahí esté una de las cosas más interesantes: cada persona recuerda el mismo lugar de una manera diferente.

    Dos personas pueden haber crecido en la misma calle y guardar recuerdos completamente distintos. Una recordará los juegos, otra el trabajo, otra una fiesta, otra a alguien que ya no está. Y todas esas pequeñas piezas juntas construyen una imagen mucho más completa de lo que fue aquel lugar.

    Además, escuchar a quienes tienen más años no debería ser solamente un ejercicio de nostalgia.

También es una manera de entender cuánto ha cambiado nuestra vida.

    Cómo nos comunicábamos antes. Cómo se trabajaba. Cómo eran las relaciones entre vecinos. Qué cosas se arreglaban entre todos. Cómo se celebraban determinadas fechas. Qué había cuando todavía no existían los móviles, internet o muchas de las comodidades que hoy damos por hechas.

    A veces necesitamos escuchar esas historias para darnos cuenta de que una generación puede vivir cambios que a otra le parecerían imposibles.

    Y luego está algo que me parece todavía más importante: compartir esa memoria con quienes vienen detrás.

    Porque si un abuelo cuenta a un adolescente cómo era su pueblo cuando tenía su edad, no solo está contando una anécdota. Está creando un puente entre dos mundos que, aunque pertenezcan al mismo lugar, pueden parecer completamente diferentes.

    Y eso también puede ayudar a combatir esa sensación de aislamiento que aparece cuando las personas mayores dejan de sentirse escuchadas o cuando sus experiencias parecen quedar fuera de la conversación cotidiana. El proyecto busca precisamente favorecer ese encuentro entre generaciones. 

Quizá por eso me gusta tanto que hayan decidido poner una cámara delante de ellos y simplemente dejarles hablar.

    Porque no hace falta una gran producción para rescatar una vida.

A veces basta con una pregunta.

¿Cómo era todo cuando tú eras joven?

Y de ahí puede salir una historia que nadie había escrito.

🍵 El matcha de hoy.

    Hace unos días hablábamos de la Filmoteca de Zaragoza y de esas películas antiguas que conservan imágenes de una época que ya no existe. Hoy la historia es diferente, pero la idea se parece mucho: guardar aquello que, si no hacemos algo, puede desaparecer.

Solo que esta vez no hablamos de películas.

Hablamos de voces.

De personas.

    De recuerdos que probablemente no aparecerán en ninguna enciclopedia, pero que explican muchísimo mejor cómo hemos llegado hasta aquí.

    Porque cuando una persona mayor cuenta su historia, no está hablando solamente de su vida. Está dejando una pequeña parte de una época para quienes todavía no habían llegado cuando todo aquello estaba ocurriendo.

Y quizá por eso deberíamos preguntar más.

Escuchar más.

Y guardar esas historias antes de que se pierdan.

    Porque hay recuerdos que solo existen si alguien los cuenta. 🧓💜


📍 La noticia.

Titular: El Burgo de Ebro participa en una iniciativa para rescatar y compartir la memoria de sus mayores
🗞️ Medio: Europa Press

Leer la noticia original en Europa Press

Cuando la vida se hace demasiado grande para afrontarla sola

 


    La historia de Mari Carmen me ha hecho pensar en algo que va mucho más allá de un desahucio.

    Mari Carmen tiene 87 años y vivía en la misma casa desde 1956. El pasado 23 de septiembre fue desahuciada de esa vivienda después de años de conflicto por su contrato de alquiler. Salió del edificio en camilla y fue trasladada al hospital.

    Pero mientras veía todo lo que estaba ocurriendo alrededor de esta mujer, hubo una pregunta que no dejaba de rondarme la cabeza:

¿Qué pasa cuando una persona mayor no tiene una familia que pueda estar ahí para ayudarla?

Porque hablamos mucho de nuestros mayores.

Decimos que hay que cuidarlos, acompañarlos, protegerlos, respetarlos.

Pero después la realidad puede ser bastante más complicada.

    Una persona puede llegar a los ochenta años viviendo sola. Puede haber enviudado, no tener hijos, haber perdido el contacto con otros familiares o simplemente tener a su familia lejos. Puede tener una pensión suficiente para vivir con normalidad, pero no para afrontar un cambio brusco de vivienda. Puede tener problemas de movilidad, dificultades para utilizar determinados servicios digitales o necesitar ayuda para hacer gestiones que antes realizaba sin ningún problema.

Y entonces aparece la vulnerabilidad.

No necesariamente porque esa persona no pueda valerse por sí misma.

    Sino porque, cuando aparece un problema serio, quizá no haya nadie detrás para decir: «Yo me ocupo de esto».

    Los datos ayudan a entender que no estamos hablando de una situación excepcional. El INE señala que los hogares unipersonales ya representaban el 28,1 % de los hogares en España en 2024 y proyecta que llegarán al 33,5 % en 2039.

    Además, el Imserso recoge que la soledad afecta especialmente a las personas mayores y sitúa su prevalencia entre el 30 % y el 50 %, dependiendo del contexto y de los factores analizados. Entre ellos aparecen la viudedad, las pérdidas afectivas y la falta de relaciones sociales.

Y hay otro dato que me parece especialmente importante.

    En 2025, el 28,7 % de las personas que vivían solas con 65 años o más estaba en riesgo de pobreza relativa, según los datos del INE.

    Por eso ser mayor y vivir solo no debería convertirse automáticamente en sinónimo de estar desprotegido.

Y aquí creo que tenemos un problema como sociedad.

    Porque muchas veces damos por hecho que «ya tendrá hijos», «algún sobrino podrá ayudarle» o «su familia se ocupará».

¿Y si no tiene hijos?

¿Y si sus hermanos ya no están?

¿Y si sus sobrinos viven a cientos de kilómetros?

    ¿Y si esa persona no tiene a nadie que pueda acompañarla a una cita, entender una carta, hacer una gestión o simplemente estar presente cuando llega un problema que la supera?

    Ahí es donde una sociedad debería tener mecanismos suficientes para que la ausencia de una red familiar no se convierta en una condena a la vulnerabilidad.

Y no hablo de sustituir a las familias.

    Hablo de que una persona mayor pueda tener acceso real a servicios sociales, vivienda, acompañamiento, atención sanitaria y apoyo comunitario cuando lo necesite.

Porque además hay algo que deberíamos recordar.

    Envejecer no significa dejar de tener derecho a decidir sobre nuestra propia vida.

    Una persona mayor no se convierte en un paquete que podemos colocar donde haya una cama disponible.

Necesita que se escuche su opinión.

Que se tenga en cuenta su historia.

Que se valore su autonomía.

    Y que, cuando ya no pueda afrontar sola determinadas situaciones, exista una red que pueda sostenerla.

    El caso de Mari Carmen ha terminado convirtiéndose en una historia sobre vivienda, pero también nos obliga a mirar hacia otro problema mucho más silencioso: qué hacemos con las personas mayores que no tienen detrás una familia capaz de defenderlas, acompañarlas o simplemente estar ahí.

Porque quizá algún día todos conozcamos a una persona así.

Una vecina.

Un compañero.

Una tía.

Un antiguo profesor.

Alguien que vive solo y que aparentemente está bien.

Hasta que un día deja de estarlo.

    Y entonces descubrimos que llevaba demasiado tiempo sin que nadie preguntara:

«¿Necesitas ayuda?»

Quizá ahí empiece también una sociedad más cuidadora.

    No esperando a que aparezca un caso como el de Mari Carmen para reaccionar, sino aprendiendo a mirar un poco más a nuestro alrededor. 🏠💜

27 septiembre

❤️ Cuando una ciudad convierte sus tradiciones en parte de su identidad

    Teruel acaba de recibir dos reconocimientos turísticos para dos de sus celebraciones más emblemáticas: Las Bodas de Isabel de Segura ha sido reconocida como Fiesta de Interés Turístico Internacional y la Vaquilla del Ángel, conocida por todos como la Vaquilla, como Fiesta de Interés Turístico Nacional. Los diplomas se entregaron ayer en el Teatro Real de Madrid.



Y sí, son dos reconocimientos importantes.

    Pero mientras leía la noticia pensaba que lo verdaderamente interesante no está en los diplomas.

    Está en todo lo que tiene que ocurrir para que una fiesta consiga convertirse en algo que una ciudad siente como suyo.

    Porque Las Bodas de Isabel no aparecen de la nada cada mes de febrero. Detrás hay una historia que empezó a representarse en las calles de Teruel en 1997 y que, con el paso de los años, fue creciendo hasta convertirse en una recreación histórica en la que participan cientos de personas. La Fundación Bodas de Isabel, la Federación de Grupos, actores y vecinos hacen posible que durante unos días la ciudad vuelva a viajar hasta el siglo XIII para contar la historia de Isabel de Segura y Diego de Marcilla.

Y luego está la Vaquilla.

    Una fiesta completamente diferente, con otro ambiente, otra forma de vivirla y otra manera de entender la tradición, pero profundamente vinculada a la identidad de Teruel. Este mismo mes ha recibido la declaración de Fiesta de Interés Turístico Nacional, que reconoce su singularidad, trayectoria histórica y valor cultural y festivo.

Dos celebraciones distintas.

Dos formas de vivir Teruel.

Y ahora, dos reconocimientos.

    Pero hay algo que comparten y que me parece mucho más importante: las dos necesitan a la gente.

    Una tradición no sobrevive porque aparezca en un calendario. Sobrevive porque alguien decide continuarla. Porque hay asociaciones que trabajan durante meses, personas que participan, vecinos que abren sus calles, gente que se viste, ensaya, organiza, monta, desmonta, prepara y vuelve a empezar al año siguiente.

    Una fiesta puede atraer visitantes, pero antes de eso tiene que significar algo para quienes viven allí.

    Y creo que ahí está precisamente la diferencia entre visitar una celebración y sentir que formas parte de ella.

    Hay lugares donde las fiestas son un acontecimiento que sucede durante unos días y después desaparece hasta el año siguiente. Y hay otros donde la fiesta forma parte de la propia manera de reconocerse como ciudad.

Teruel tiene algo de eso.

    Porque cuando llega febrero y las calles se llenan de personajes medievales, no se está representando únicamente una historia de amor. Se está recuperando una parte de la memoria colectiva de la ciudad.

    Y cuando llega la Vaquilla y aparece el pañuelico en el Torico, tampoco estamos hablando solamente de unos días de celebración. Hay generaciones enteras que han vivido ese momento y lo han convertido en parte de sus recuerdos.

    Quizá por eso me gusta que estos reconocimientos hayan llegado ahora.

    Porque detrás de una declaración turística hay algo que no aparece en el diploma: muchas personas llevan años haciendo posible que esas tradiciones sigan teniendo sentido.

Y eso también es patrimonio.

    No solamente las torres, las murallas, las iglesias o los edificios que podemos fotografiar.

    También lo son las historias que seguimos contando, las celebraciones que seguimos compartiendo y las costumbres que conseguimos transmitir de una generación a otra.

🍵 El matcha de hoy.

Me quedo con una idea muy sencilla.

Hay ciudades que tienen monumentos que cuentan su historia.

    Y hay ciudades que, además, la representan, la celebran y la vuelven a vivir cada año.

    Teruel acaba de recibir dos reconocimientos que ponen sus fiestas en el mapa turístico, sí. Pero quizá lo más bonito sea recordar que antes de convertirse en reconocimientos fueron tradiciones mantenidas por personas.

Porque una fiesta puede empezar con una historia.

Puede crecer con los años.

Puede atraer a quienes vienen de fuera.

    Pero solo se convierte realmente en parte de una ciudad cuando sus propios habitantes sienten que también les pertenece. ❤️

    Y quizá por eso algunas tradiciones consiguen algo extraordinario:

pasar el tiempo sin quedarse en el pasado.


📍 La noticia

Titular: Teruel, con doble reconocimiento turístico para sus fiestas más emblemáticas
🗞️ Medio: Cadena SER Teruel

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Chocolate: la dulce historia que también empezó en Aragón 🍫

 


    Hay alimentos que forman parte de nuestra vida desde siempre y pocas veces nos paramos a pensar cómo llegaron hasta aquí.

El chocolate es uno de ellos.

    Hoy parece imposible imaginar una merienda, unos churros o una tableta de chocolate sin pensar que ha estado siempre con nosotros. Pero el cacao llegó a Europa desde América y, según la tradición histórica vinculada al Monasterio de Piedra, Aragón tuvo un papel pionero en su elaboración.

    Tenemos que viajar hasta Nuévalos, en la provincia de Zaragoza, y hasta la cocina del antiguo Monasterio de Piedra.

    A mediados del siglo XVI, un monje cisterciense habría llevado hasta el monasterio cacao procedente de América. Allí, en las cocinas monacales, comenzaron a prepararlo y se sitúa en 1534 la primera elaboración de chocolate en Europa. La propia documentación del Monasterio de Piedra conserva esta tradición y Turismo de Aragón recoge también el dato.

Y aquí viene una de esas curiosidades históricas que me encantan.

    Los primeros europeos que experimentaron con el cacao no estaban preparando precisamente una tableta de chocolate como las que conocemos hoy.

    El cacao americano era muy diferente al producto que tenemos actualmente. Su preparación fue evolucionando con el tiempo y, en el Monasterio de Piedra, los monjes fueron incorporándolo a su alimentación. De hecho, está documentado que durante el siglo XVIII el cacao ya formaba parte habitual de la dieta de los monjes y de sus huéspedes.

    La historia también cuenta que el cacao llegó al monasterio de la mano de Fray Jerónimo de Aguilar, un religioso que habría acompañado a Hernán Cortés en México y que, al regresar a España, llevó cacao y su forma de preparación. Es una tradición muy vinculada al monasterio, aunque las fuentes actuales suelen presentarla como una historia transmitida a lo largo del tiempo, más que como un episodio del que conservemos todos los detalles documentales.

    Lo que sí sabemos es que la antigua cocina del Monasterio de Piedra sigue siendo hoy uno de los lugares protagonistas de esta historia. Allí se puede visitar una exposición dedicada precisamente a la evolución del chocolate y a su relación con el monasterio.

    Y me parece curioso pensar que algo que hoy asociamos con meriendas, celebraciones y pequeños caprichos empezó siendo un producto completamente desconocido para los europeos.

Primero fue una novedad llegada de otro continente.

Después, un alimento que despertó curiosidad.

    Y con el tiempo terminó convirtiéndose en uno de los grandes placeres gastronómicos del mundo. 🍫

Además, Aragón no se quedó únicamente con aquella primera historia.

    La provincia de Zaragoza ha seguido vinculada al chocolate y en 2022 la capital acogió por primera vez el Salón Internacional del Chocolate, precisamente reivindicando ese vínculo histórico con el origen europeo del cacao.

    Así que la próxima vez que tengamos delante una taza de chocolate caliente, una onza de chocolate o cualquier dulce que lleve cacao, podemos pensar que una pequeña parte de esta historia también pasó por Aragón.

    Porque a veces descubrimos que detrás de algo tan cotidiano como un trozo de chocolate hay siglos de viajes, intercambio cultural, monasterios, América y hasta una pequeña cocina en Nuévalos.

Y eso sí que es una historia para saborear despacio. 🍫💜

26 septiembre

🏰 Hay historias que se niegan a desaparecer

    El recinto fortificado de Calatayud acaba de dejar atrás una de esas etiquetas que nadie quiere que acompañen a un lugar durante demasiado tiempo: después de más de quince años en la Lista Roja del Patrimonio de Hispania Nostra, ha pasado a la Lista Verde tras las actuaciones de conservación y recuperación realizadas durante los últimos años.



    Y me parece una de esas noticias que merece la pena mirar un poco más allá del titular.

    Porque hablamos de unos cuatro kilómetros de murallas, cinco castillos conectados entre sí y un conjunto que conserva buena parte de su trazado desde su construcción en época islámica. La primera muralla se sitúa en la primera mitad del siglo IX y entre sus elementos destaca la Puerta Emiral, cuya construcción se ha datado hacia el año 862.

    Cuando pensamos en todo eso, cuesta imaginar que un patrimonio de semejante dimensión haya pasado tantos años señalado como un lugar en riesgo de desaparecer.

    Pero el deterioro también forma parte de la historia de muchos edificios y monumentos. El paso del tiempo no entiende de valor histórico y, si no hay conservación, una muralla que lleva siglos en pie puede terminar perdiendo precisamente aquello que la hace única.

    En Calatayud, la situación empezó a cambiar de manera más decidida en los últimos años. Entre 2019 y 2025 se invirtieron más de 4,2 millones de euros en trabajos de conservación, restauración y puesta en valor del conjunto. Se han recuperado diferentes tramos de muralla y torres, se ha intervenido en el Castillo Mayor y en la Torre Albarrana y también se han habilitado senderos y miradores para poder recorrer y comprender mejor el recinto.

    Y hay algo en todo esto que me gusta especialmente: no se trata solamente de arreglar piedras.

    Se trata de decidir que aquello que hemos heredado merece seguir formando parte de nuestro paisaje.

    Porque una muralla no es únicamente una construcción antigua. Es todo lo que ha ocurrido alrededor de ella. Las personas que pasaron por sus puertas, las ciudades que crecieron a sus pies, las generaciones que la vieron cambiar y las historias que nunca llegaremos a conocer.

    Quizá por eso me gusta tanto la idea de que haya pasado de una lista a otra.

    La Lista Roja identifica bienes que están sometidos a riesgo de desaparición, destrucción o pérdida de sus valores patrimoniales. La Lista Verde, en cambio, recoge aquellos que han sido recuperados y en los que ese riesgo ha desaparecido.

Dos listas.

Dos momentos completamente distintos.

    Y entre ambos, algo tan poco espectacular como imprescindible: años de trabajo para que algo pueda seguir existiendo.

    Además, hay una cosa curiosa cuando hablamos de patrimonio. Muchas veces necesitamos que algo esté a punto de perderse para darnos cuenta de cuánto significaba.

    Pasamos junto a una muralla, una torre, una iglesia o un edificio antiguo y pensamos que siempre estarán ahí. Como si el patrimonio fuera eterno simplemente porque lleva siglos resistiendo.

Pero no lo es.

    Necesita cuidados. Necesita personas que lo estudien, lo restauren y lo protejan. Y también necesita que nosotros lo miremos, lo recorramos y entendamos que no estamos viendo solamente piedras viejas.

Estamos viendo una parte de nuestra historia que ha conseguido llegar hasta nosotros.

🍵 El matcha de hoy.

Quizá por eso esta noticia me deja una sensación bonita.

    Porque durante quince años aquellas murallas estuvieron en una lista que hablaba de peligro. Hoy están en otra que habla de recuperación.

    Y entre una cosa y otra hay una idea que me parece preciosa: no todo lo que parece perdido tiene que terminar desapareciendo.

    A veces hace falta tiempo. Mucho trabajo. Dinero. Personas que insistan. Y alguien que decida que todavía merece la pena intentarlo.

Calatayud ha conseguido que sus murallas vuelvan a respirar.

    Y quizá eso sea también una pequeña lección para nosotros: hay historias que parecen estar llegando a su final y, sin embargo, solo estaban esperando a que alguien decidiera volver a cuidarlas. 🏰💛


📍La noticia.

Titular: El recinto fortificado aragonés que ha vuelto a la vida tras más de 15 años en la Lista Roja
🗞️ Medio: Aragón Digital

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Las mujeres que mantienen vivos nuestros pueblos.

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