Hay noticias que parecen sacadas de una película de ciencia ficción hasta que descubres que están ocurriendo aquí mismo, en Zaragoza.
Esta semana ha abierto sus puertas en la Plataforma Logística Plaza el Centro de Entrenamiento de Robótica Humanoide de España, un proyecto de la empresa aragonesa Tekio Robotics, del Grupo UB, que se presenta como el primero de este tipo en Europa. Allí ya hay una veintena de robots humanoides entrenándose para aprender tareas concretas y adaptarse a distintos trabajos.
Y cuando digo entrenándose no hablo de una demostración en la que el robot camina unos metros y saluda.
Están aprendiendo a trabajar.
Algunos ya pueden realizar tareas como servir bebidas o actuar como recepcionistas de hotel, mientras que el centro también plantea aplicaciones en entornos industriales, logísticos e incluso situaciones peligrosas para las personas, como determinadas intervenciones en zonas catastróficas.
De hecho, el proyecto ya ha despertado interés empresarial: Tekio Robotics asegura haber recibido más de cien solicitudes de compra y haber cerrado siete contratos con grandes empresas, especialmente relacionadas con la logística. El objetivo es aumentar progresivamente la capacidad del centro hasta poder entrenar miles de robots al año.
Y aquí es donde la noticia empieza a ponerse realmente interesante.
Porque una cosa es ver un robot humanoide haciendo una demostración y pensar qué curioso.
Y otra muy diferente es empezar a preguntarnos qué significa que una máquina pueda aprender una tarea que hasta ahora necesitaba de una persona.
No creo que la pregunta interesante sea si los robots son buenos o malos. Ni siquiera si algún día sustituirán determinados trabajos. Eso dependerá de cómo avance la tecnología, de las decisiones que tomen las empresas y de cómo se regule su utilización.
La pregunta que a mí me interesa más es otra:
¿Qué vamos a hacer nosotros cuando las máquinas sepan hacer cada vez más cosas?
Porque durante mucho tiempo la tecnología nos ha ayudado a hacer nuestro trabajo más rápido. Una máquina podía levantar más peso, una calculadora podía hacer una operación en segundos o un ordenador podía almacenar una cantidad de información que una persona jamás podría guardar en su cabeza.
Pero un humanoide introduce algo diferente.
La máquina empieza a moverse en un espacio pensado para nosotros.
Tiene brazos, piernas, manos. Puede desplazarse por un entorno diseñado para personas y aprender determinadas acciones que nosotros hacemos de manera cotidiana. Y eso cambia bastante la conversación.
También hay un lado que me parece especialmente interesante: precisamente algunas de sus aplicaciones están pensadas para hacer trabajos pesados o peligrosos, de manera que sea la máquina la que se exponga allí donde hacerlo supone un riesgo para una persona. Ese es uno de los enfoques que defiende la empresa responsable del centro.
Y entonces quizá el futuro no consista solamente en máquinas sustituyendo personas.
Quizá también consista en personas dejando de hacer determinadas cosas porque una máquina puede hacerlas sin ponerse en peligro.
Pero eso nos obliga a pensar en algo más profundo: si las máquinas van a encargarse de una parte cada vez mayor de las tareas físicas o repetitivas, tendremos que decidir qué queremos conservar como exclusivamente humano y qué estamos dispuestos a delegar.
Porque hay cosas que una máquina puede aprender a hacer.
Puede aprender movimientos. Puede seguir instrucciones. Puede repetir una tarea miles de veces.
Pero hay algo que me sigue pareciendo mucho más difícil de copiar: todo lo que hacemos cuando no estamos simplemente ejecutando una tarea.
La conversación con un cliente que necesita que alguien le escuche. La decisión de improvisar porque algo no ha salido como estaba previsto. La capacidad de interpretar un gesto. La empatía. La creatividad. El criterio. La responsabilidad de saber cuándo una situación necesita algo que no estaba escrito en ningún manual.
Quizá ahí esté una de las grandes preguntas que nos va a dejar esta tecnología.
No tanto qué pueden llegar a hacer los robots, sino qué queremos seguir haciendo nosotros.
🍵 El matcha de hoy.
Me hace gracia pensar que mientras seguimos hablando del futuro como si estuviera lejísimos, el futuro acaba de abrir un centro de entrenamiento en Zaragoza.
Hay una veintena de robots aprendiendo.
Personas enseñándoles.
Empresas pensando en qué tareas podrán desempeñar.
Y una ciudad que, de repente, forma parte de una conversación tecnológica que hace unos años habría parecido completamente imposible.
No sé cómo será el mundo dentro de veinte años.
No sé qué trabajos habrán cambiado, cuáles habrán desaparecido o cuáles ni siquiera existirán todavía.
Pero sí creo que vamos a tener que aprender algo que ninguna máquina puede aprender por nosotros: qué clase de futuro queremos construir.
Porque la tecnología puede avanzar muchísimo.
Pero la decisión de para qué queremos utilizarla sigue siendo nuestra.
Y quizá ese sea el verdadero trabajo que tenemos por delante. 🤖💜
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