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08 septiembre

¿Tenemos casas de sobra y vecinos de menos? El curioso caso del Aragón vacío

 

    Hay cosas que solo pueden pasar en Aragón. Tenemos casas para aburrir, pero encontrar a alguien dentro de algunas de ellas puede convertirse en toda una aventura. Y no es una exageración. Los datos sobre vivienda y población dejan una situación bastante curiosa: tenemos cientos de miles de viviendas que no son residencia habitual y, al mismo tiempo, seguimos hablando de pueblos que pierden habitantes año tras año.

    Vamos, que casas tenemos. Lo complicado parece ser conseguir que tengan vecinos.

    Y aquí es donde una empieza a pensar en todas esas casas que conocemos y que llevan años cerradas. Seguro que tú también tienes alguna en mente. La casa de los abuelos que ya nadie utiliza, aquella que solo se abre durante unos días en verano o esa otra que lleva tanto tiempo con la persiana bajada que probablemente necesite que alguien le recuerde qué día es.

    Porque en Aragón hay pueblos en los que, si vas en agosto, puedes pensar que la despoblación es una leyenda urbana. Las terrazas están llenas, aparecen coches por todas partes, los niños vuelven a jugar en la plaza y las casas recuperan durante unas semanas todo el movimiento que tuvieron años atrás.

    Luego llega septiembre y poco a poco todo vuelve a cambiar. Las vacaciones terminan, las familias regresan a las ciudades y muchas de aquellas casas vuelven a quedarse cerradas. El pueblo que hace unas semanas estaba lleno de vida vuelve a tener calles tranquilas y persianas bajadas.



    Y aquí empieza la parte que ya no resulta tan graciosa.

    Porque una casa vacía sigue siendo una casa, pero un pueblo necesita bastante más que paredes y tejados para seguir siendo un pueblo. Necesita personas, pero también servicios: una tienda donde comprar cuatro cosas sin tener que coger el coche, un colegio, un médico relativamente cerca, transporte y, sobre todo, gente haciendo vida allí.

    Porque vivir en un pueblo no consiste únicamente en tener una vivienda más grande, un jardín o unas vistas estupendas. Que todo eso está genial, por supuesto. A mí me das una casita con jardín y probablemente me tengas que sacar de allí con una grúa. 😂 Pero si para ir a trabajar tienes que recorrer cincuenta kilómetros, para llevar a tu hijo al colegio otros tantos y para ver al médico necesitas organizar una expedición nacional, quizá esa casa tan maravillosa empieza a tener algún pequeño inconveniente.

    Y aquí aparece una de las grandes contradicciones de la despoblación. Hay pueblos con viviendas que podrían ser hogares perfectamente y, al mismo tiempo, personas que quieren vivir en el medio rural y no siempre encuentran las condiciones necesarias para hacerlo.

Porque decirle a alguien «vete al pueblo, que allí las casas son más baratas» suena estupendamente hasta que empiezan las preguntas.

«¿Y dónde trabajo?»

«Bueno...»

«¿Y el colegio?»

«Bueno...»

«¿Y el médico?»

«Bueno...»

«¿Y cómo me muevo?»

«Bueno...»

    Y en ese momento el maravilloso proyecto de vida rural empieza a parecerse un poquito a un programa de supervivencia. 😂

La realidad es bastante más compleja...

Pero el problema de fondo sigue estando ahí: hay lugares donde cada vez cuesta más mantener la vida cotidiana.

    Y creo que a veces hablamos de la despoblación de una manera demasiado fría. Hablamos de cifras, porcentajes y estadísticas, cuando detrás de todo eso hay cosas mucho más humanas. Está la persona mayor que ha visto marcharse a casi todos sus vecinos, el negocio que cerró porque ya no tenía suficientes clientes, el colegio que cada año tiene menos niños y la casa familiar que permanece cerrada porque los hijos y los nietos hicieron su vida lejos.

    Porque una cosa es conservar una casa y otra muy diferente conservar una comunidad.

    Un pueblo está vivo cuando hay personas que se levantan por la mañana, salen a trabajar, llevan a sus hijos al colegio, van a comprar el pan, se encuentran con un vecino y terminan hablando del tiempo durante veinte minutos aunque ambos sepan perfectamente que hace frío. Eso también es vida. Y probablemente sea mucho más importante de lo que solemos reconocer.

    Por eso, si queremos pueblos con futuro, no basta con tener viviendas disponibles o decirle a la gente que vuelva al medio rural. Hace falta que vivir allí sea una opción real. Y eso significa trabajo, colegios, sanidad, transporte, internet y servicios.

    Porque sí, queremos tranquilidad, naturaleza y calidad de vida. Pero también queremos poder comprar una barra de pan sin tener que planificarlo como si estuviéramos organizando una excursión. 😂

    Y luego está algo que no aparece tan fácilmente en las estadísticas: el sentimiento de pertenencia.

    Hay pueblos que quizá tengan pocos habitantes, pero conservan una vida enorme. Gente que organiza sus fiestas, que se ayuda, que mantiene abiertas sus tiendas, que conoce a los vecinos y que sigue cuidando las tradiciones. Y también hay pueblos con muchas casas que, sin embargo, pasan buena parte del año prácticamente en silencio.

    Así que quizá la pregunta no sea solamente cuántas viviendas tenemos en Aragón. Quizá deberíamos preguntarnos cuántas de esas viviendas pueden convertirse realmente en hogares y qué necesitamos para que alrededor de ellas vuelva a existir comunidad..

Las casas pueden ocupar un pueblo.

Pero son las personas las que hacen que esté vivo.

    Y Aragón no está vacío, ni mucho menos. Tenemos ciudades llenas de gente, pueblos que resisten, personas que deciden quedarse, otras que regresan y muchas que siguen intentando construir su vida en lugares donde cada vecino cuenta.

    Pero quizá deberíamos prestar un poco más de atención a esas persianas que llevan demasiado tiempo bajadas. No solamente por la vivienda que hay detrás, sino por la historia que puede estar esperando al otro lado.

    Y ahora os pregunto: ¿conocéis algún pueblo de Aragón que haya cambiado muchísimo en los últimos años? ¿Alguno que en verano esté lleno de vida y que, cuando llega el invierno, parezca completamente diferente?

Porque seguro que muchos tenemos alguno en la memoria. Ese pueblo al que íbamos de pequeños, donde siempre parecía haber alguien en la plaza, alguien detrás de una ventana o alguien dispuesto a preguntarte, aunque llevaras veinte años sin aparecer por allí, aquello de: «¿Tú eres hija de quién?».

…Y eso, amigos, sí que es patrimonio aragonés. 😂

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