Patricia Uceda acaba de asumir la dirección de la Filmoteca de Zaragoza y, entre las muchas cosas que ha contado sobre su nuevo puesto, hay una que se me ha quedado dando vueltas: hay películas de las que solo queda una copia en todo el mundo.
Y de repente, el cine deja de parecerme solamente cine.
Porque pensamos en una película y pensamos en una historia, en unos actores, en una época, en una tarde cualquiera frente a una pantalla. Pero cuando hablamos de cine antiguo, muchas veces estamos hablando también de algo mucho más frágil: imágenes que han sobrevivido al paso del tiempo y que, en algunos casos, son el único testimonio visual que queda de una determinada época.
En la Filmoteca de Zaragoza hay auténticos pedazos de esa memoria. Entre sus fondos está, por ejemplo, la colección de Antonio Tramullas, con más de un centenar de películas que muestran diferentes aspectos de la vida en Aragón durante las primeras décadas del siglo XX.
Y esto me parece precioso.
Porque quizá en esas imágenes haya calles que ya no existen, edificios que cambiaron por completo, fiestas que ya no se celebran de la misma manera o personas cuyos nombres hemos olvidado. Gente que un día se puso delante de una cámara sin imaginar que, muchas décadas después, alguien seguiría mirando esas imágenes para saber cómo era su mundo.
Nosotros vivimos justo al contrario.
Tenemos el móvil lleno de fotografías. Grabamos cumpleaños, viajes, comidas, conciertos, nuestros perros haciendo cualquier tontería, una tarde cualquiera porque la luz era bonita… Tenemos vídeos de prácticamente todo. 📱
Pero que existan miles de imágenes no significa necesariamente que estemos conservando nuestra memoria.
Los formatos cambian, los archivos se pierden, los dispositivos dejan de funcionar y aquello que parecía estar guardado para siempre puede desaparecer con bastante facilidad. Mientras tanto, una película rodada hace cien años puede seguir ahí, esperando que alguien la restaure y vuelva a darle vida.
Y ahí es donde entiendo la importancia de lugares como la Filmoteca.
No se trata solamente de guardar películas antiguas en una estantería. Se trata de conservar una parte de lo que fuimos. De impedir que determinadas imágenes desaparezcan para siempre y de permitir que quienes vivimos ahora podamos asomarnos a una Aragón que ya no existe exactamente como entonces.
Además, Patricia Uceda ha explicado que una de sus líneas de interés está precisamente en el cine anterior a 1930, un periodo especialmente delicado por la fragilidad de los materiales y por todo lo que puede haberse perdido con el paso de las décadas.
Y me hace pensar en algo muy sencillo: quizá dentro de cien años alguien quiera saber cómo era Zaragoza en 2026.
¿Con qué imágenes se encontrará?
¿Con nuestros vídeos perfectamente almacenados en la nube? ¿Con fotografías que sobrevivieron a todos los cambios tecnológicos? ¿Con algún archivo que alguien decidió conservar porque entendió que aquello también formaba parte de nuestra historia?
A veces pensamos que la memoria consiste en recordar. Pero también consiste en conservar aquello que algún día permitirá a otros recordar por nosotros. 💜
🍵 El matcha de hoy.
Me gusta pensar que esas películas antiguas son como pequeñas ventanas que alguien dejó abiertas hace décadas.
Nosotros podemos mirar a través de ellas y descubrir cómo caminaban, trabajaban, celebraban o vivían otras personas en Aragón. Ellos no sabían que estaban dejando memoria. Simplemente estaban viviendo.
Y quizá eso sea precisamente lo bonito.
Que mientras nosotros grabamos nuestra vida sin saber qué quedará de ella, hay personas trabajando para que las imágenes de quienes estuvieron antes que nosotros no desaparezcan.
Porque hay recuerdos que no están en los libros, ni en las fotografías familiares, ni siquiera en nuestra memoria.
…Hay recuerdos que solo existen en una película. 🎞️
No hay comentarios:
Publicar un comentario