A veces las cosas importantes empiezan de una manera bastante poco espectacular.
Sin grandes planes.
Sin una estrategia.
Sin pensar que aquello vaya a convertirse en nada.
En 2020, Jill Mather estaba jubilada y la pandemia había cambiado todos sus planes. Como tantas otras personas, necesitaba encontrar una nueva rutina y empezó a salir a caminar por su barrio de San Fernando, en California. Sus paseos rondaban los 6,4 kilómetros.
Pero durante aquellas caminatas empezó a fijarse en algo que estaba por todas partes: la basura que se acumulaba en las calles.
Y en lugar de limitarse a pensar «qué sucio está todo», empezó a recogerla.
Llevaba bolsas consigo y, mientras caminaba, iba recogiendo botellas, latas y todo tipo de residuos que encontraba por el camino. Al principio estaba sola.
Hasta que decidió preguntar si alguien quería acompañarla.
Publicó una invitación en Nextdoor y al día siguiente apareció una docena de personas. Limpiaron juntas un parque y después se tomaron un café.
Y de aquella manera tan sencilla nació Volunteers Cleaning Communities.
Lo que empezó como una caminata individual terminó convirtiéndose en una red de voluntarios que hoy participa en jornadas de limpieza por distintos puntos del Valle de San Fernando. Calles, parques, zonas junto al río Los Ángeles, carriles bici e incluso un tramo de la autopista Ronald Reagan forman parte de los lugares en los que han trabajado.
Y entonces llegamos a esa cifra que cuesta hasta imaginar.
Casi 750.000 libras de basura.
Unos 340.000 kilos de residuos retirados en seis años.
Pero creo que hay algo mucho más interesante que la cifra.
Porque Jill podría haber seguido caminando.
Podría haber pensado que aquello era responsabilidad del ayuntamiento, de los servicios de limpieza o de cualquier otra persona.
Y tendría razón.
Pero decidió hacer algo diferente: recoger una bolsa más de basura cada día.
Después apareció otra persona.
Y otra.
Y otra.
Y de repente aquello que hacía una jubilada durante sus paseos se había convertido en una comunidad.
I ncluso han creado un programa llamado Adopt 1 Street, mediante el que los vecinos pueden hacerse responsables de mantener limpio un determinado tramo de su barrio. La organización proporciona bolsas, pinzas y chalecos para las jornadas de limpieza.
Y hay una parte de esta historia que me gusta especialmente.
Que al final no se trata solamente de basura.
Los voluntarios empezaron a conocerse, a quedar después de las limpiezas y a crear vínculos. Una de las participantes llegó a describir al grupo como su nueva familia. Incluso una pareja se conoció participando en estas actividades y terminó casándose.
Una caminata.
Una bolsa.
Un puñado de vecinos.
Y una comunidad que decidió cuidar un poquito más el lugar en el que vive.
Quizá por eso esta historia me parece tan bonita.
Porque estamos acostumbrados a pensar que para cambiar algo hacen falta grandes acciones. Que necesitamos tener mucho tiempo, mucho dinero, muchos recursos o una idea extraordinaria.
Y quizá no.
Quizá a veces solo necesitamos ver algo que no funciona y decidir que, por pequeño que sea nuestro gesto, vamos a hacer nuestra parte.
Jill Mather salió a caminar.

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