Hay escritores que escriben para contar historias.
Y hay otros que parecen escribir para rescatar aquello que no debería desaparecer.
Creo que Sebastià Alzamora está bastante cerca de los segundos.
El escritor mallorquín acaba de recibir el Premio Nacional de Poesía 2026 por Sala Augusta seguit de Llengua materna, un libro que, curiosamente, une dos recuerdos que podrían parecer muy diferentes: la memoria colectiva de la Guerra Civil y la memoria íntima de su propia infancia. El premio está dotado con 30.000 euros.
Y ahí está precisamente lo que más me interesa de este libro.
La memoria no siempre pertenece a los grandes acontecimientos.
También está en una madre.
En una casa.
En unas mujeres trabajando.
En una infancia.
En un lugar que quizá ya no existe como lo recordábamos.
Sala Augusta parte de algo especialmente duro: el actual cine Sala Augusta de Palma se levantó sobre el espacio que había sido una prisión durante la Guerra Civil. Alzamora convierte ese escenario en un largo poema de verso libre en el que recupera la memoria de quienes estuvieron allí y de las víctimas de aquella época.
Después llega Llengua materna y cambia completamente el tono.
De la historia colectiva pasamos a la intimidad.
A su madre.
A su infancia.
A las mujeres que trabajaban en la industria del calzado mallorquina y sostenían sus hogares mientras hacían un trabajo que hoy quizá muchas personas ni siquiera conocen.
Y me parece precioso ese contraste.
Porque una parte del libro mira hacia una historia que pertenece a todos y la otra hacia una historia que pertenece a una familia.
Lo enorme y lo pequeño.
La tragedia colectiva y el recuerdo personal.
La historia que aparece en los libros y la que sobrevive dentro de una casa.
Quizá por eso el jurado ha destacado precisamente esa capacidad para unir la historia colectiva con la intimidad familiar.
Pero hay otra cosa que me ha llamado la atención al acercarme a Alzamora.
Que no parece necesitar quedarse encerrado en una única manera de escribir.
Porque junto a la poesía y a sus novelas aparece también ese escritor capaz de jugar con el lenguaje y con el humor, como en el texto que compartís en redes sobre Don Alfonso, el «dragón digital» y ese Quijote que ya no lucha contra molinos, sino contra tokens, bancos y contraseñas. 😂
Y me encanta esa idea.
Porque quizá escribir también sea eso: saber cuándo hay que mirar de frente a la memoria y cuándo podemos reírnos un poco de este mundo absurdo en el que vivimos.
Alzamora lleva escribiendo desde los años noventa y su obra se ha movido entre la poesía y la narrativa. Ha recibido premios como el Salvador Espriu, el Sant Jordi y el Òmnium, y sus libros han sido traducidos a varias lenguas.
Pero hoy, con este Premio Nacional de Poesía, hay algo que me parece especialmente bonito.
Que se premie un libro que habla de recordar.
Porque vivimos en una época en la que todo ocurre tan deprisa que a veces parece que hasta la memoria tiene que correr para no quedarse atrás.
Y quizá la literatura sirva precisamente para eso.
Para detenerse.
Para mirar.
Para recuperar una voz.
Para decir: esto ocurrió, esto fuimos, esto también forma parte de nosotros.
Y para que algunas historias no desaparezcan simplemente porque haya pasado el tiempo. 🖤
Quizá por eso la poesía siga teniendo sentido incluso en un mundo que parece empeñado en convencernos de que todo tiene que ser inmediato.
Porque hay cosas que necesitan tiempo.
Y hay recuerdos que necesitan palabras.
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