Desde el 17 de septiembre y hasta el día 27, las calles de San Pablo y Zamoray-Pignatelli, en Zaragoza, se han convertido en un enorme espacio de creación. El Festival Asalto celebra allí su 21.ª edición, recuperando además un barrio que fue fundamental en los primeros años de su historia.
Y a mí hay algo de todo esto que me interesa mucho más que los murales en sí.
Que el barrio no se ha limitado a prestar sus paredes.
Esta edición se ha construido durante meses a partir de encuentros con vecinos, colectivos, entidades sociales y diferentes agentes de la zona. De esas conversaciones han salido temas como los cuidados, la convivencia, la diversidad, la memoria, la naturaleza urbana y la manera en la que habitamos nuestros barrios.
Y ahí es donde creo que el arte empieza a ser algo bastante más interesante que algo bonito que mirar.
Porque una fachada puede cambiar de color en unas horas.
Pero conseguir que una persona sienta que forma parte de lo que está ocurriendo delante de su propia casa requiere bastante más trabajo.
Este año participan artistas de Zaragoza y de otros lugares, entre ellos la brasileña Land of Julia, que interviene el Centro de Salud de San Pablo, y el argentino Nicolás Romero, que lleva su obra a la calle Las Armas. Pero junto a ellos hay proyectos que nacen directamente de la relación con quienes viven allí.
Uno de ellos es el Proyecto Portales, en el que cinco comunidades de vecinos han trabajado junto a artistas para transformar espacios interiores de sus propios edificios.
Y hay algo muy simbólico en esto.
Porque normalmente pensamos en el arte urbano como algo que ocurre en la calle.
Pero aquí también está entrando en los portales.
En esos lugares que atravesamos todos los días sin prestar demasiada atención.
En el espacio que separa nuestra casa de la calle.
En nuestro propio barrio.
También está el Invernadero del Barrio, un proyecto que recupera un solar de la calle Miguel Ara y plantea convertirlo en un espacio de cuidado de plantas, encuentro y gestión compartida. La idea no es solamente plantar algo y dejarlo bonito, sino generar nuevas relaciones y que sean los propios vecinos quienes participen en imaginar qué puede llegar a ser ese lugar.
Y entonces pienso que quizá esa sea una de las cosas más bonitas que puede hacer la cultura.
Conseguir que volvamos a mirar lugares por los que pasamos todos los días.
Una pared que antes era simplemente una pared.
Un solar que estaba vacío.
Un portal por el que entran y salen vecinos.
Una calle que quizá atravesamos deprisa porque vamos a trabajar, a comprar o a cualquier otra parte.
Y de repente algo cambia.
No necesariamente porque el barrio haya cambiado por completo, sino porque nuestra mirada sobre él ha cambiado.
Eso también es transformar una ciudad.
No siempre hacen falta grandes edificios, grandes inauguraciones o proyectos gigantescos.
A veces basta con que alguien llegue con una idea, alguien del barrio quiera participar y entre los dos consigan que un rincón que estaba pasando desapercibido vuelva a tener vida.
Y me gusta especialmente que Asalto vuelva precisamente a San Pablo, al Gancho, después de aquella etapa inicial que durante años estuvo tan vinculada al festival.
Es como regresar a un lugar conocido, pero encontrarse con que la historia continúa y que ahora hay nuevas personas, nuevas necesidades y nuevas formas de contar el barrio.
Porque un barrio no es solamente sus edificios.
Un barrio son las personas que viven dentro de ellos.
Son quienes abren las persianas por la mañana, quienes llevan a sus hijos al colegio, quienes se encuentran en la calle, quienes conocen al vecino del quinto y quienes quizá llevan toda una vida viendo la misma fachada.
Por eso me parece importante que el arte no llegue simplemente para decorar.
Que pregunte.
Que escuche.
Que implique.
Que deje algo más que una fotografía bonita para Instagram.
🍵 El matcha de hoy.
Hay ciudades que tienen lugares a los que vamos expresamente para ver arte.
Un museo.
Una galería.
Una exposición.
Y luego está la posibilidad de que el arte venga a buscarnos a nosotros.
Que aparezca cuando vamos andando por nuestro barrio.
Que nos sorprenda al doblar una esquina.
Que nos obligue a mirar una pared que llevábamos años pasando por delante sin verla realmente.
Y quizá ahí esté una parte de su magia.
Porque cuando una obra ocupa un espacio público, deja de pertenecer solamente al artista.
Empieza a formar parte de la calle, de quienes viven allí, de quienes pasan por delante y de todas las historias que suceden alrededor.
Así que quizá las paredes sí cuentan quiénes somos.
Solo necesitamos...
…pararnos un momento a leerlas. 🎨💜
📍La noticia.
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La programación del Festival Asalto 2026 continúa en San Pablo y Zamoray-Pignatelli hasta el 27 de septiembre.
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