La historia de Mari Carmen me ha hecho pensar en algo que va mucho más allá de un desahucio.
Mari Carmen tiene 87 años y vivía en la misma casa desde 1956. El pasado 23 de septiembre fue desahuciada de esa vivienda después de años de conflicto por su contrato de alquiler. Salió del edificio en camilla y fue trasladada al hospital.
Pero mientras veía todo lo que estaba ocurriendo alrededor de esta mujer, hubo una pregunta que no dejaba de rondarme la cabeza:
¿Qué pasa cuando una persona mayor no tiene una familia que pueda estar ahí para ayudarla?
Porque hablamos mucho de nuestros mayores.
Decimos que hay que cuidarlos, acompañarlos, protegerlos, respetarlos.
Pero después la realidad puede ser bastante más complicada.
Una persona puede llegar a los ochenta años viviendo sola. Puede haber enviudado, no tener hijos, haber perdido el contacto con otros familiares o simplemente tener a su familia lejos. Puede tener una pensión suficiente para vivir con normalidad, pero no para afrontar un cambio brusco de vivienda. Puede tener problemas de movilidad, dificultades para utilizar determinados servicios digitales o necesitar ayuda para hacer gestiones que antes realizaba sin ningún problema.
Y entonces aparece la vulnerabilidad.
No necesariamente porque esa persona no pueda valerse por sí misma.
Sino porque, cuando aparece un problema serio, quizá no haya nadie detrás para decir: «Yo me ocupo de esto».
Los datos ayudan a entender que no estamos hablando de una situación excepcional. El INE señala que los hogares unipersonales ya representaban el 28,1 % de los hogares en España en 2024 y proyecta que llegarán al 33,5 % en 2039.
Además, el Imserso recoge que la soledad afecta especialmente a las personas mayores y sitúa su prevalencia entre el 30 % y el 50 %, dependiendo del contexto y de los factores analizados. Entre ellos aparecen la viudedad, las pérdidas afectivas y la falta de relaciones sociales.
Y hay otro dato que me parece especialmente importante.
En 2025, el 28,7 % de las personas que vivían solas con 65 años o más estaba en riesgo de pobreza relativa, según los datos del INE.
Por eso ser mayor y vivir solo no debería convertirse automáticamente en sinónimo de estar desprotegido.
Y aquí creo que tenemos un problema como sociedad.
Porque muchas veces damos por hecho que «ya tendrá hijos», «algún sobrino podrá ayudarle» o «su familia se ocupará».
¿Y si no tiene hijos?
¿Y si sus hermanos ya no están?
¿Y si sus sobrinos viven a cientos de kilómetros?
¿Y si esa persona no tiene a nadie que pueda acompañarla a una cita, entender una carta, hacer una gestión o simplemente estar presente cuando llega un problema que la supera?
Ahí es donde una sociedad debería tener mecanismos suficientes para que la ausencia de una red familiar no se convierta en una condena a la vulnerabilidad.
Y no hablo de sustituir a las familias.
Hablo de que una persona mayor pueda tener acceso real a servicios sociales, vivienda, acompañamiento, atención sanitaria y apoyo comunitario cuando lo necesite.
Porque además hay algo que deberíamos recordar.
Envejecer no significa dejar de tener derecho a decidir sobre nuestra propia vida.
Una persona mayor no se convierte en un paquete que podemos colocar donde haya una cama disponible.
Necesita que se escuche su opinión.
Que se tenga en cuenta su historia.
Que se valore su autonomía.
Y que, cuando ya no pueda afrontar sola determinadas situaciones, exista una red que pueda sostenerla.
El caso de Mari Carmen ha terminado convirtiéndose en una historia sobre vivienda, pero también nos obliga a mirar hacia otro problema mucho más silencioso: qué hacemos con las personas mayores que no tienen detrás una familia capaz de defenderlas, acompañarlas o simplemente estar ahí.
Porque quizá algún día todos conozcamos a una persona así.
Una vecina.
Un compañero.
Una tía.
Un antiguo profesor.
Alguien que vive solo y que aparentemente está bien.
Hasta que un día deja de estarlo.
Y entonces descubrimos que llevaba demasiado tiempo sin que nadie preguntara:
«¿Necesitas ayuda?»
Quizá ahí empiece también una sociedad más cuidadora.
No esperando a que aparezca un caso como el de Mari Carmen para reaccionar, sino aprendiendo a mirar un poco más a nuestro alrededor. 🏠💜
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