10 de septiembre.
Día Mundial para la Prevención del Suicidio 💛
Este año la campaña tiene un lema que, a priori, parece sencillo: «Cambiar la narrativa sobre el suicidio». Y una llamada a la acción todavía más sencilla: «Empezar la conversación».
Pero quizá precisamente ahí esté una de las cosas que más nos cuesta hacer.
Hablar.
Hablar de lo que duele, de lo que pesa, de aquello que no sabemos explicar y de ese momento en el que una persona deja de encontrarse bien y no siempre sabe siquiera cómo pedir ayuda.
Porque seguimos viviendo en una sociedad en la que, demasiadas veces, lo que no se ve parece que no existe.
Si tienes una pierna rota, llevas una escayola. Si tienes fiebre, tienes un termómetro. Si te haces una herida, hay una venda.
Pero ¿Qué ocurre cuando lo que está roto no puede verse desde fuera?.
Ahí parece que las reglas cambian.
Si tienes ansiedad, a veces te dicen que exageras. Si tienes depresión, que tienes que poner de tu parte. Si necesitas una baja porque has llegado a un punto en el que no puedes más, alguien puede pensar que simplemente estás huyendo del trabajo.
Y si decides marcharte unos días, cambiar de lugar, estar tranquila y desconectar porque necesitas recuperar un poco de ti misma, todavía puede aparecer alguien dispuesto a decir:
«Pues para estar de baja, bien que te vas por ahí.»
Lo he escuchado.
Y lo he vivido.
Tengo ansiedad crónica. Y nunca he tenido pensamientos suicidas. Pero sé lo que significa llegar a un punto en el que necesitas parar y salir, aunque sea durante unos días, del lugar y de la rutina en la que llevas demasiado tiempo intentando seguir adelante.
Porque a veces cambiar de escenario también es una forma de cuidarse.
Estar sola, no porque quieras alejarte de las personas que quieres, sino porque necesitas dejar de escuchar durante un rato todo el ruido que tienes dentro. Cuando la cabeza no para, cuando los pensamientos se amontonan y parece que todo sucede al mismo tiempo, tener gente alrededor, conversaciones, obligaciones, teléfonos, preguntas y ruido puede hacer que ese ruido mental todavía crezca más.
Por eso, a veces necesitas silencio.
Necesitas estar en un lugar donde nadie te pida nada durante un rato. Donde puedas sentarte, pensar, respirar, escuchar tus propios pensamientos sin tener que contestar a los de los demás. Incluso simplemente mirar por una ventana y no hacer absolutamente nada.
Desde fuera puede parecer que te has ido a disfrutar.
Y quizá sí, disfrutas de algún momento.
Pero eso no significa que estés de vacaciones.
A veces necesitas alejarte del ruido de fuera para poder empezar a bajar el volumen del que llevas dentro.
Y eso también puede formar parte de cuidarse.
Y quizá por eso me parece tan importante hablar hoy de este tema.
Porque si ya somos capaces de juzgar algo como la ansiedad o la depresión simplemente porque no podemos verlo, imaginemos lo difícil que debe resultar para una persona hablar de pensamientos suicidas cuando todavía existe tanto silencio, tanto miedo y tantos prejuicios alrededor de ellos.
Seguimos teniendo conversaciones en las que decir «me duele» resulta más sencillo que decir «no estoy bien».
Y eso tiene que cambiar.
No se trata de hablar del suicidio de cualquier manera, ni de convertirlo en una conversación morbosa, ni de buscar explicaciones fáciles para una realidad que es tremendamente compleja.
Se trata de dejar de mirar hacia otro lado.
De aprender a escuchar.
De preguntar cómo está alguien y estar dispuesto a escuchar la respuesta de verdad.
De no responder automáticamente con un «anímate», un «todo pasa» o un «tienes que ser fuerte».
Porque quizá esa persona no necesita que le soluciones la vida.
Quizá necesita saber que puede hablar contigo sin que la juzgues.
Y esto también significa cambiar la manera en la que hablamos de salud mental en general.
Porque no podemos pedirle a alguien que hable cuando, al mismo tiempo, hacemos bromas sobre su ansiedad, cuestionamos su depresión, ponemos en duda sus bajas laborales o utilizamos expresiones que convierten el sufrimiento psicológico en una cuestión de voluntad.
No podemos pedir que alguien pida ayuda mientras seguimos haciendo que pedir ayuda dé vergüenza.
Hay enfermedades que no necesitan ser demostradas para ser reales.
Y los problemas de salud mental no deberían tener que pasar un examen delante de los demás para que alguien decida si merecen nuestra comprensión.
Nadie sabe lo que ocurre dentro de la cabeza de otra persona.
Nadie sabe cuánto le ha costado levantarse esa mañana, cuántas noches lleva sin dormir bien o cuánto esfuerzo puede esconder una persona detrás de un simple «estoy bien».
Por eso creo que empezar la conversación también significa aprender a mirar de otra manera.
Con menos juicio.
Con menos prejuicios.
Con más humanidad.
Y, sobre todo, entendiendo que preguntar no molesta.
Preguntar cómo está alguien no significa que vayamos a empeorar las cosas. Escuchar no significa que tengamos que saber exactamente qué decir. Y acompañar no significa tener todas las respuestas.
A veces acompañar es simplemente quedarse.
Y si alguien nos cuenta que no puede más, que está sufriendo o que tiene pensamientos que le asustan, no tenemos que convertirnos en psicólogos ni solucionar la situación nosotros solos. Podemos escuchar, tomarlo en serio y buscar ayuda profesional.
En España existe la Línea 024, gratuita y confidencial, disponible las 24 horas del día, todos los días del año, para personas con pensamientos o riesgo de conducta suicida y también para familiares y allegados. En situaciones de emergencia, el 112 sigue siendo el número de atención urgente.
Y quizá esto sea lo más importante que puedo decir hoy:
No hace falta esperar a estar al límite para pedir ayuda.
No hace falta demostrar que estás suficientemente mal. No hace falta justificar cada lágrima. No hace falta esperar a que alguien pueda ver lo que ocurre para reconocer que necesitas parar.
Porque la salud mental también es salud.
Y porque lo que no se ve no significa que no exista.
Hoy, 10 de septiembre, hablamos de prevención del suicidio. Pero quizá la conversación no debería quedarse solamente en este día.
Deberíamos aprender a hablar antes. A escuchar antes. A preguntar antes. A dejar de hacer bromas cuando alguien nos dice que no está bien. A dejar de pensar que todo aquello que no podemos ver es cuento.
Porque quizá cambiar la narrativa sobre el suicidio empieza mucho antes de hablar del suicidio.
Empieza cuando dejamos de minimizar el sufrimiento de los demás.
Cuando entendemos que una persona puede sonreír y estar pasando por un momento terrible.
Cuando dejamos de juzgar una baja médica porque hemos visto una fotografía en un lugar diferente.
Cuando aceptamos que alguien puede necesitar parar sin tener que enseñarnos las pruebas de por qué.
Y empieza, sobre todo, cuando nos atrevemos a hacer una pregunta tan sencilla como esta:
«¿De verdad estás bien?»
Y nos quedamos para escuchar la respuesta.
…Porque hoy toca empezar la conversación. 💛
No hay comentarios:
Publicar un comentario