Cuando pensamos en la indumentaria tradicional aragonesa, hay una pieza que llama especialmente la atención: el mantón.
Sus flores bordadas, sus colores, la seda y esos largos flecos que caen sobre la espalda han terminado formando parte de una imagen muy reconocible de la mujer aragonesa. Pero el mantón que hoy vemos en nuestras fiestas tiene una historia bastante más viajera de lo que podríamos imaginar.
El conocido mantón de Manila no nació en Aragón. Su nombre está relacionado con Manila y con las rutas comerciales que conectaban Asia con España. Los mantones llegaron a nuestro país como objetos de lujo y, durante el siglo XIX, fueron incorporándose a distintas formas de vestir.
Y Aragón no fue una excepción.
El Museo de Zaragoza conserva mantones de Manila y de merino de finales del siglo XIX, algunos con una extraordinaria riqueza de bordados y labores. Sus colecciones permiten comprobar que estas piezas ya formaban parte de la indumentaria utilizada en diferentes zonas aragonesas.
De hecho, la documentación del propio museo recoge distintos ejemplos.
En el traje de labradora rica de Zaragoza, por ejemplo, aparece un mantón de seda natural acompañado de una falda, cuerpo, mantilla y demás elementos de la indumentaria femenina. También aparece el mantón de Manila bordado con flores en el traje de huertana de Zaragoza.
Y esto es importante porque demuestra que el mantón no pertenece a una única manera de vestir de Aragón.
La indumentaria tradicional aragonesa era muy variada y cambiaba según la zona, la época, la posición social o incluso la ocasión. El Museo de Zaragoza conserva ejemplos procedentes de diferentes puntos del territorio y explica que el mantón podía presentarse en distintas versiones: mantón de Manila, mantoncillo o toquilla, colocado sobre los hombros.
Con el paso del tiempo, aquella pieza que había llegado desde las rutas comerciales asiáticas terminó adquiriendo un significado completamente diferente.
Dejó de ser solamente un objeto de lujo para convertirse en parte de la indumentaria tradicional.
Y ahí está una de las cosas más curiosas de la historia de la ropa: las prendas viajan, cambian de significado y terminan formando parte de culturas muy diferentes de aquellas en las que aparecieron originalmente.
En Aragón, el mantón acabó ligado a la imagen de la baturra, especialmente en celebraciones y representaciones de la cultura tradicional.
Las pinturas costumbristas también ayudaron a fijar esa imagen. El Museo de Zaragoza conserva, por ejemplo, La jota, de Francisco Marín Bagüés, de 1932, donde la indumentaria de los bailarines permite observar precisamente la variedad de colores y formas de los mantones utilizados en la época.
Y así llegamos hasta nuestros días.
Durante las Fiestas del Pilar, la indumentaria tradicional vuelve a llenar las calles. El mantón aparece junto a faldas, cuerpos, delantales, pañuelos, joyería y peinados tradicionales, formando un conjunto que no es simplemente un disfraz de fiesta, sino el resultado de una evolución histórica de la vestimenta aragonesa.
Por eso, cuando vemos un mantón de baturra, estamos viendo mucho más que una tela bordada.
Estamos viendo una pieza que viajó miles de kilómetros, que cambió de significado al llegar a España y que terminó formando parte de la memoria y de la imagen tradicional de Aragón. 🌸
Y quizá esa sea la parte más fascinante de la historia.
Que algo que hoy consideramos tan nuestro también nos recuerda que las culturas nunca han sido compartimentos cerrados.
Las personas viajaron, las telas y las modas.
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