Ayer se entregaron en Aragón los Premios a los Profesionales Sanitarios Internos Residentes Excelentes 2026, que reconocen la trayectoria de tres profesionales que han terminado su formación especializada en la comunidad: Ana Pueyo Bestué, especialista en Oftalmología; Jorge Navarro Soriano, médico de Familia y Comunitaria; y Lucía Muñoz Monterde, enfermera especialista en Familiar y Comunitaria.
Pero mientras leía la noticia pensaba que, en realidad, un premio como este cuenta solamente una pequeña parte de la historia.
Porque cuando vemos a un médico, a una enfermera o a cualquier otro profesional sanitario con su bata puesta, vemos el resultado. Vemos a la persona que está ahí delante, atendiendo, tomando decisiones, acompañando a un paciente o intentando encontrar una respuesta cuando las cosas no son tan sencillas. Lo que normalmente no vemos son todos los años que han tenido que pasar hasta llegar a ese momento.
Detrás de una especialidad hay horas de estudio, guardias, sesiones clínicas, investigación, congresos, publicaciones, formación y muchísimas cosas que no aparecen en una fotografía de entrega de premios. Precisamente esos son algunos de los méritos que se han tenido en cuenta para conceder estos reconocimientos.
Y también están las personas que aparecen mucho menos en las noticias, pero que forman parte imprescindible de ese camino: tutores, compañeros, equipos, docentes y familias. Gente que enseña, que corrige, que acompaña, que comparte conocimientos y que, muchas veces, también sostiene cuando llegan los días complicados.
La historia de estos tres profesionales es además bastante diferente.
Ana Pueyo Bestué, zaragozana de 29 años, ha terminado su formación MIR en Oftalmología en el Hospital Universitario Miguel Servet y en noviembre comenzará una formación de alta especialización en oculoplastia en la Universidad de Montreal.
Jorge Navarro Soriano, natural de Teruel, ha terminado su formación en Medicina Familiar y Comunitaria y actualmente trabaja como médico de emergencias del 061, principalmente en la base de Teruel.
Y Lucía Muñoz Monterde, también turolense, ha completado su formación como especialista en Enfermería Familiar y Comunitaria. Después de esos años de formación, su intención es seguir desarrollando su carrera en Aragón. Ella misma explicaba que recibir el premio supone reconocer dos años de sacrificio y mucho trabajo.
Y esa frase me parece importante: dos años de sacrificio y mucho trabajo.
Porque quizá desde fuera pensemos que cuando alguien termina su residencia ya está todo hecho. Que ya tiene su especialidad, su título y puede empezar a trabajar. Pero ese momento no es tanto una meta como el comienzo de otra etapa, una en la que toca poner en práctica todo aquello que se ha aprendido y seguir aprendiendo prácticamente cada día.
Y aquí hay algo que me gusta especialmente de estas historias: no hablan solamente de talento, hablan de constancia.
De personas que han elegido una profesión que exige seguir formándose incluso cuando ya has terminado de estudiar. De quienes empiezan su carrera profesional con una mochila llena de conocimientos, pero también de experiencias, dudas, errores, pacientes y personas que les han enseñado algo por el camino.
Y, de alguna manera, eso también forma parte de la sanidad que recibimos.
Porque detrás de cada profesional que hoy nos atiende hay una historia que empezó mucho antes de que nosotros llegáramos a esa consulta, a ese centro de salud o a ese hospital.
🍵 El matcha de hoy
Quizá por eso me gusta que existan reconocimientos así.
No tanto por el diploma o por el acto de entrega, sino porque durante un momento nos obligan a mirar a las personas que normalmente vemos solamente a través de su profesión.
Una bata no aparece de repente.
Detrás hay años de estudio, personas que enseñaron, compañeros que acompañaron, noches difíciles, muchas horas de trabajo y también esa decisión de seguir aprendiendo incluso cuando ya has recorrido un camino enorme.
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