Seguro que alguna vez te ha pasado...
Conoces a alguien por primera vez y, sin saber muy bien por qué, sientes que ya lo conoces. No sabes explicar exactamente qué es. Puede ser su manera de hablar, una expresión, la forma de mirarte o simplemente esa sensación extraña de confianza que aparece casi sin pedir permiso.
Y entonces piensas: «Qué raro. Si acabo de conocer a esta persona.»
Precisamente de ahí parte una frase que se atribuye a Sigmund Freud y que me ha hecho pensar bastante:
«No nos elegimos unos a otros por casualidad. Solo nos encontramos con aquellos que ya existen en nuestro subconsciente.»
Bonita, ¿verdad?
Pero también bastante inquietante si empezamos a darle vueltas.
Porque, ¿hasta qué punto elegimos conscientemente a las personas que entran en nuestra vida?
¿Y si nuestro pasado tiene algo que decir?.
Freud dedicó buena parte de su trabajo a intentar comprender aquello que ocurre en nuestra mente sin que seamos plenamente conscientes de ello. Para él, nuestras experiencias, recuerdos, deseos y conflictos pueden influir en nuestra manera de relacionarnos con los demás.
Y aquí aparece una pregunta bastante interesante: ¿y si algunas de las personas que nos atraen nos resultan familiares precisamente porque despiertan algo que ya conocemos?
No necesariamente porque sean iguales a alguien de nuestro pasado. Puede ser una forma de hablar, una manera de tratarte, una determinada personalidad o incluso una sensación que no sabes identificar.
A veces alguien nos genera confianza inmediatamente.
Otras veces ocurre justo lo contrario: una persona nos cae mal desde el minuto uno y no sabemos explicar por qué.
Y quizá nuestro cerebro sí tenga una explicación, aunque nosotros todavía no la conozcamos.
También repetimos más de lo que creemos.
Hay personas que, después de varias relaciones, se dan cuenta de que siempre terminan encontrándose con perfiles parecidos.
«Es que todos mis ex eran iguales.»
Bueno… quizá no exactamente iguales, pero algo tenían en común. 😂
La cuestión interesante es preguntarnos por qué.
Porque a veces confundimos lo conocido con lo adecuado. Una forma de relacionarnos puede resultarnos familiar simplemente porque es la que hemos aprendido a reconocer. Y lo familiar, aunque no siempre sea bueno para nosotros, puede sentirse cómodo precisamente porque sabemos cómo funciona.
Por eso quizá no sea suficiente preguntarnos qué nos atrae de alguien.
También podríamos preguntarnos:
¿Qué me resulta familiar de esta persona?
Y esa pregunta puede ser bastante más reveladora.
No todo tiene que ser destino.
Aquí es donde yo me alejaría un poco de la interpretación romántica de la frase.
Porque queda precioso decir que las personas aparecen en nuestra vida por algo, que estaban destinadas a encontrarse y que el universo tenía un plan maravilloso preparado para nosotros.
Pero, seamos sinceros, también conocemos a gente porque coincidimos en el trabajo, porque nos sentamos al lado en un tren o porque alguien nos presentó.
El universo tampoco tiene por qué estar organizando nuestra agenda sentimental. 😂
Eso no significa que los encuentros no puedan ser importantes.
Hay personas que llegan y se quedan durante años. Otras pasan por nuestra vida durante un tiempo y nos dejan algo. Algunas nos enseñan, otras nos hacen replantearnos cosas y también están las que nos hacen descubrir partes de nosotros mismos que ni siquiera sabíamos que existían.
Y algunas, sencillamente, nos enseñan lo que no queremos volver a repetir.
Que tampoco es poco.
Quizá no elegimos a las personas por casualidad...
Puede que no exista una explicación mágica detrás de cada encuentro.
Pero sí existe nuestra historia.
Todo lo que hemos vivido, lo que hemos aprendido, lo que hemos sentido y las experiencias que nos han marcado forman parte de la persona que somos cuando conocemos a alguien nuevo.
Y quizá por eso algunas personas nos resultan familiares.
Porque, de alguna manera, tocan una parte de nosotros que ya estaba ahí.
La cuestión está en descubrir qué parte.
Y, sobre todo, aprender a distinguir entre aquello que nos resulta familiar y aquello que realmente nos hace bien.
Porque no todas las conexiones intensas son buenas.
No todo lo que sentimos como «química» significa que debamos quedarnos.
Y no todas las personas que aparecen en nuestra vida están destinadas a permanecer en ella.
Pero algunas sí dejan huella.
Y quizá eso sea lo verdaderamente interesante de encontrarnos unos con otros: que nunca sabemos exactamente qué va a despertar en nosotros la persona que acaba de cruzarse en nuestro camino.
Así que ahora os pregunto: ¿Habéis conocido alguna vez a alguien y habéis sentido desde el primer momento que ya lo conocíais de antes?
¿Esa sensación de «no sé por qué, pero contigo me pasa algo»?
Porque quizá no sea magia.
Quizá sea nuestra historia reconociendo algo en otra persona antes de que nuestra cabeza consiga ponerle nombre. 💜
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