Hay una frase que se repite muchísimo cuando hablamos de los jóvenes y el trabajo: «Ya no quieren trabajar».
Que si no quieren madrugar.
Que si no quieren empezar desde abajo.
Que si quieren cobrar demasiado nada más llegar.
Que si antes trabajábamos por mucho menos y no nos quejábamos.
Y entonces aparece una reflexión de Berni Barragán que me parece bastante interesante: «Cada vez son más exigentes, pero no tiene por qué ser malo; reclaman sueldos dignos».
Y creo que ahí merece la pena detenerse.
Porque quizá la pregunta no debería ser únicamente si los jóvenes quieren trabajar.
Quizá deberíamos preguntarnos qué tipo de trabajo estamos ofreciéndoles.
Según los últimos datos del INE sobre salarios, en 2024 el salario medio bruto mensual de los menores de 25 años fue de 1.372,8 euros, frente a los 2.680,7 euros de quienes tenían 55 años o más. La diferencia no se explica solamente por la edad: también influyen la antigüedad, el tipo de contrato y la mayor presencia del trabajo a tiempo parcial entre los jóvenes.
Y mientras tanto, tenemos otra realidad que parece contradictoria.
Hay empresas que aseguran tener dificultades para encontrar trabajadores para determinados puestos.
El SEPE lleva años analizando precisamente ese desajuste entre las vacantes que necesitan cubrir las empresas y las personas que buscan empleo. Entre las causas aparecen la falta de determinadas cualificaciones, pero también las condiciones laborales, salariales y la escasa flexibilidad de algunos puestos.
Entonces quizá el problema no sea tan sencillo como decir: «Los jóvenes no quieren trabajar».
Porque trabajar, evidentemente, quieren muchos.
Lo que quizá está cambiando es lo que consideran aceptable a cambio de su tiempo.
Y sinceramente, no me parece una cuestión menor.
Una persona puede aceptar un trabajo porque necesita dinero. Eso lo hemos hecho todos.
Pero otra cosa muy distinta es pensar que tiene que aceptar cualquier condición porque debería estar agradecida simplemente por tener una nómina.
Un sueldo no debería servir únicamente para sobrevivir hasta el siguiente sueldo.
También debería permitir, dentro de lo posible, construir una vida.
Pagar una vivienda.
Tener tiempo libre.
Descansar.
Poder formar una familia si se desea.
Poder independizarse.
Y, por qué no, poder decir alguna vez: «Este trabajo no me compensa».
Eso no significa que todos los trabajos tengan que ser perfectos ni que una persona recién incorporada al mercado laboral deba cobrar lo mismo que alguien con veinte años de experiencia.
Significa que quizá hemos normalizado demasiado algunas condiciones simplemente porque «si tú no lo haces, habrá otro que lo haga».
Y ahí aparece otra pregunta incómoda.
Si cada vez cuesta más encontrar trabajadores para determinados puestos, ¿no deberíamos preguntarnos también por qué esos puestos están dejando de resultar atractivos?
Porque quizá la respuesta no esté únicamente en los jóvenes.
Quizá esté también en los salarios, los horarios, la estabilidad, la conciliación, las posibilidades de progresar o la distancia entre lo que se pide y lo que se ofrece.
Y esto tampoco significa que todo sea culpa de las empresas. Hay sectores que tienen dificultades reales, falta de profesionales y problemas de relevo generacional. El propio SEPE señala que existen desajustes entre oferta y demanda que tienen causas muy diferentes.
Pero creo que deberíamos dejar de convertir cualquier conversación sobre trabajo en una guerra entre generaciones.
Los jóvenes no son vagos por querer mejores condiciones.
Y las empresas tampoco son necesariamente explotadoras por tener dificultades para encontrar trabajadores.
Entre una cosa y la otra hay un mercado laboral entero que necesita encontrar un punto de equilibrio.
Quizá los jóvenes estén siendo más exigentes.
Pero tal vez eso no sea necesariamente una mala noticia.
Quizá simplemente hayan aprendido algo que otras generaciones tardamos más en aprender: que trabajar es importante, pero trabajar no debería significar renunciar a vivir. 💜
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