Hay obras que vemos tantas veces que terminamos creyendo que ya las conocemos.
Forman parte del paisaje. Están ahí cuando pasamos delante, cuando levantamos la mirada, cuando enseñamos nuestra ciudad a alguien que viene de fuera. Las reconocemos, pero quizá hemos dejado de mirarlas de verdad.
Eso es precisamente lo que acaba de ocurrir en la Basílica del Pilar.
La cúpula Regina Patriarcharum, pintada por Ramón Bayeu en 1782, ha recuperado después de ocho meses de restauración buena parte de los colores y detalles que el paso del tiempo había ido escondiendo. Un equipo de diez especialistas ha trabajado sobre la pintura para retirar suciedad, repintes y capas acumuladas durante décadas.
Y entre todo lo que ha aparecido bajo esas capas hay un detalle que me parece precioso.
Durante años, en una de las escenas podía distinguirse lo que parecía un pájaro oscuro.
Pero no era eso.
Después de la restauración ha aparecido una paloma blanca, símbolo del Espíritu Santo, rodeada de nubes y querubines.
Estaba allí.
Desde el siglo XVIII.
Solo que nosotros habíamos dejado de verla.
Y creo que ahí está la parte realmente bonita de esta noticia.
No siempre necesitamos algo nuevo para descubrir algo.
A veces necesitamos quitar lo que se ha ido acumulando encima.
La suciedad.
Los repintes.
El desgaste.
La costumbre.
Porque también existe una especie de suciedad invisible que aparece cuando convivimos demasiado tiempo con las mismas cosas: dejamos de prestarles atención.
Nos acostumbramos.
Y lo que un día nos pareció extraordinario termina convirtiéndose en parte del fondo.
Nos pasa con los edificios.
Con las calles.
Con las personas.
Incluso con nosotros mismos.
La restauración de la cúpula ha permitido recuperar colores que estaban apagados y detalles que habían quedado prácticamente ocultos. Los especialistas también han encontrado dibujos preparatorios realizados sobre el mortero, pequeñas huellas del proceso creativo que permanecían escondidas bajo la superficie.
Y eso me fascina.
Porque cuando restauramos una obra no estamos simplemente intentando que vuelva a parecer bonita.
Estamos intentando entenderla mejor.
Descubrir cómo fue concebida.
Qué había debajo.
Qué había cambiado.
Qué parte pertenecía al artista y cuál había llegado después.
Es casi como abrir una historia que ha estado cerrada durante siglos.
Y quizá por eso la restauración tiene algo de arqueología.
No se trata de añadir.
Muchas veces se trata precisamente de retirar.
De tener paciencia.
De saber cuándo parar.
De no imponer una versión nueva sobre la antigua.
Y de confiar en que debajo de todo aquello todavía queda algo que merece la pena encontrar.
Me gusta pensar que algo parecido ocurre con las ciudades.
Zaragoza está llena de lugares que conocemos de memoria y que, precisamente por eso, ya casi no miramos.
Pasamos junto a ellos todos los días.
Sabemos dónde están.
Sabemos cómo son.
Pero quizá nunca nos hemos detenido a observar una fachada, una escultura, un detalle de una iglesia o una pintura que lleva siglos sobre nuestras cabezas.
La costumbre puede ser una forma muy eficaz de volver invisible lo extraordinario.
Y quizá también nos pase con las personas.
Con alguien a quien conocemos desde hace años.
Con alguien de nuestra familia.
Con nosotros mismos.
A veces creemos saber perfectamente quién tenemos delante porque llevamos demasiado tiempo mirándolo de la misma manera.
Hasta que un día ocurre algo.
Una conversación.
Una experiencia.
Un cambio.
Una circunstancia.
Y aparece una parte de esa persona que estaba ahí desde siempre y que nosotros simplemente no habíamos sabido ver.
Como esa paloma blanca.
No apareció ayer.
Llevaba siglos esperando debajo de una capa de suciedad para que alguien volviera a descubrirla.
🍵 El matcha de hoy.
Quizá esta restauración nos deje una pequeña lección que va mucho más allá del arte.
No todo lo que parece viejo está acabado.
A veces simplemente está cubierto.
Cubierto por el tiempo, por el uso, por las modificaciones, por nuestra propia mirada cansada.
Y quizá antes de pensar que algo ha perdido su belleza deberíamos preguntarnos si realmente ha desaparecido…
o si simplemente hemos dejado de verla.
La cúpula de Bayeu sigue estando en el Pilar.
La pintura seguía allí.
La paloma seguía allí.
Los dibujos preparatorios seguían allí.
Todo había permanecido en su sitio durante siglos.
Solo hacía falta alguien dispuesto a retirar las capas suficientes para volver a encontrarlo.
Y eso me parece una idea preciosa para llevarnos hoy.
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